Las ratas

Pablo Scasso - Montevidéu - Uruguai

 

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–¿Acaso vos te atreverías? –me preguntó el gordo desde la penumbra más espesa del otro rincón del sótano. Arrellanado en aquel viejo sillón de cuero, casi un cúmulo de sombras sin forma, ‘Vozdeflauta’ hacía honor al sobrenombre. Su voz chillona, de vieja mascarita de Carnaval me llenó de pánico. Así empezó todo aquel lío.

Hacía algunos días que nos escondíamos como cuatro ratas bastardas y desesperadas –al menos así me estaba sintiendo– quizás dispuestas a cualquier cosa con tal de comer algo. Habían pasado pocos segundos que ‘Vozdeflauta’ me había preguntado aquello cuando Fofy, algo tembloroso y como trabando lucha con sus propias cuerdas vocales contestó por mi.

–El no... él no... voy yo.

El silencio nos tragó de nuevo. Desde la pequeña ventana junto al techo, y a pesar que aún era de día, entraba una luz mortecina que iluminaba la silueta amarillenta de Lula. Ella era la única capaz de darnos el ánimo suficiente para poder soportar aquella humedad fría y malsana que nos congelaba hasta los zapatos. Pero también había sido ella quien sugirió la posibilidad del robo en la casa del viejo Lucas.

–Total –dijo masticando un pedazo de papel– dicen que el viejo ganó todo ese dinero en una forma no muy limpia que digamos. Entonces... ‘el que roba a un ladrón...’ Y Fofy terminó el dicho tartamudeando:

–...ti-tiene... tiene mil años de perdón.

Entonces, desde el lugar de ‘Vozdeflauta’ y a medida que hablaba, una pequeña nube blanca de vapor aparecía y desaparecía según la extensión de las frases. –Sí... sí... –mascullaba el gordo como si ya, y gracias al producto del botín, estuviera devorando con su boca rebosante de grasa una de aquellas hamburguesas con cebolla que tanto le gustaban– y además Lucas es sordo. Muy sordo. ¡Qué sorpresa se va a pegar cuando vea su pequeño cofre vacío... y luego, imagínense cuando se mire al espejo y se vea tan desplumado como una gallina! –entonces había hecho un ruido con la boca, una especie de gorgoteo que todos interpretamos como una risa nerviosa. Luego prendí el último pucho. Lo había encontrado tirado en un patio interior con claraboya, escondido entre restos de macetas, botellas y cajones de madera que guardaban unas manzanas podridas. También había un busto de yeso con la nariz rota. Dentro de aquel desorden todo tenía un lugar, pero también sentía como si las cosas hubieran quedado huérfanas y sin nombre para poder llamarlas.

De tanto en tanto, algo tapada por el humo, aparecía una mandíbula salida y más atrás venía el resto de la mancha negra que tenía Fofy como cara. Parecía la calavera de un pajarraco, una suerte de engendro nacido de la fantasía de un borracho... y eso que habían pasado dos días que yo no probaba ni gota de cerveza. Aquello daba miedo, y el miedo más hambre. La misiadura rayaba a gran altura. Hacía casi una semana que vivíamos en el sótano de esa casa abandonada. La misma noche en que Lula y yo rompimos las tablas que tapaban la ventana que da a la calle Durazno y al poco rato de haber entrado en aquel laberinto de piezas con olor a moho y porquería, aquel foco de luz quebró la noche como las grietas a las paredes. De repente vimos surgir sillas rotas de la nada, cualquier cosa tirada por el piso y justo sobre nuestro escondite, que resultó ser un antiguo placar verde, una percha de madera se sostenía de un gancho y por milagro. Un par de policías de ronda averiguaba por qué y sobre todo quiénes habían derribado aquella tapia de madera. –Debe haber sido ‘el Cuerda’. –escuchamos que le decía uno al otro y al momento la oscuridad se cerró sobre nosotros. ‘El Voz’ infló las mejillas como uno de esos sapos de ojos abultados y resopló. Al instante los demás volvimos a respirar. ‘El Cuerda’ era un pobre loco. Uno de esos que pasan largas temporadas encerrado en el Vilardebó. Ahí lo conocí cuando me internaron por primera vez. ¡Cuánta macana puede juntar el alcohol! Pero él era muy diferente a mi. El era de esos que permanecen perdidos, hundidos en su cabeza, dando vueltas interminables por el barrio. En más de una ocasión le habíamos dado algo de lo poco y nada que nos sobraba: un vaso de vino, un pedazo de pan y esas cosas.

La humedad apenas iluminada nos había vuelto a sumergir en esa tristeza silenciosa tan sólo interrumpida, de vez en cuando, por la tos espasmódica de Lula después que aspiraba demasiado el pucho. –Está bien... está bien... –dijo de repente ‘Vozdeflauta’ y luego se calló. Quizás no tuviera más qué decir, pero todos intuimos que no era así. Cuando el gordo se sumía en sus pensamientos sabíamos que algo iba a pasar. Para nosotros él era una especie de profesor de la vida. –¿En qué pensás? –se animó a preguntarle Lula. –Sí... ¿En qué pensás, gordo? –repitió la pregunta Fofy pero enseguida se corrigió– Pe-Perdoná, ‘Vozdeflauta’, estoy muy nervioso y además ya no soporto las quejas de esta barriga... –aclaró con su mandíbula cada vez más salida, cada vez más pájaro. –Está bien... está bien. –repitió el gordo y desde la esquina del sillón de cuero viejo vimos un par de manos que se levantaban pidiendo atención– No hay más remedio, vamos a hacerlo. Fofy, escuchame bien. Esta noche...

2

Cuenta Fofy, y puedo imaginarme muchas cosas más, que cuando entró en la casa hacía rato que el viejo Lucas estaba frito. Serían las tres o tres y media de la mañana. En aquel sótano, más oscuro y más frío que la helada de la noche, éramos tres cabezas rodeándolo y que no querían creer lo que escuchaban de aquella voz más tembleque que tartamuda.

–Go-gordo, yo sólo hice lo que dijiste. Primero... ¡Qué-qué horrible! Pero si es de no creer... –repetía Fofy permanentemente– Primero salté la verja del jardín del fondo. Lue-luego me trepé por el muro que da al cuarto de la loca de la hija, ahí fue cuando casi me caigo. Cuando al fin salté al patio donde está la parrilla, –entonces detuvo el relato y abrió la boca como para tomar aire y...– me torcí el tobillo con tal mala suerte que tiré un par de latas vacías que empujaron una botella que empezó a rodar... ¡Mi dios! ¡Qué bochinche bárbaro. ¡Zás!, pensé, ahora se asoma el viejo y todo se va al carajo. Para colmo de males, desde ahí se veía una luz débil, como una claridá que, después me enteré, venía de la cocina. ¿Qué hago?, me dije.- Entonces... Mientras guardábamos silencio, expectantes, Lula no pudo con su carácter impulsivo y al tiempo que le daba un golpe en el brazo, conducta que suele tener cuando se pone eléctrica, le preguntó –Sí... sí...pero... ¿Y qué pasó Fofy? ¿Qué pasó?

–¡Bue-bueno... bue-bueno...! ¡No pegués, che! Ya va... ya va... que uno no es de fierro. Yo me quedé quietito, escondido tras unas plantas que tiene el viejo y que forman como un matorral. ¡Hasta le recé a San Cristóbal y a Santa María de las Mercedes porque es la patrona de mi pueblo! –dijo Fofy y al instante escuchamos aquel grito agudo descargándose con impaciencia. –Bueno, basta. ¡Basta! ¡Contá, che, y dejá de lado las pavadas. –mandó el ‘Voz’. Entonces sentí que en mis tripas había algo más que el vacío acostumbrado. Por ahí también se escondía el miedo. –Después, esperé. Pa-pasaron los segundos más largos de mi vida... el zoronca andaba como loco acá dentro, entonces me acordé de mi vieja... Bue-bueno, ya sé. No-no te pongás nerviosa, Lula. En resumidas cuentas, nadie salió. Si-silencio. Al rato, por primera vez oí el maullido de ese pobre gato.– Para mis adentros y mientras escuchábamos al Fofy, yo pensaba: ‘Dios... ¿por qué nos metimos en todo esto? ¿Por qué?’

–cua-cuando por fin abrí la puerta de la cocina pude darme cuenta de dónde venía la claridá que había visto desde el patio. La puerta de la heladera estaba abierta de par en par... iluminaba una parte del piso. Ahí mismo... tirado con toda la humanidá que dios le había dado, panza arriba, yacía el finado del viejo.

¿Pero qué es esto? Me preguntaba una y otra vez. En pocos meses había perdido todo. El alcohol me había ganado y ahora era imposible diferenciarme de éstos. El borracho tranquilo que no buscaba problemas había quedado en el pasado... ¿Pero ahora qué era? ¿En qué me había convertido?

–¿Y entonces? ¿Y entonces? –casi gritó la Lula fuera de sí. A mi derecha también escuché un resoplido agudo de impaciencia. El ‘Vozdeflauta’ no decía nada pero igual se hacía sentir.

–¡Que-que estaba muerto, mujer! ¡Que el viejo Lucas está muerto! Bien muerto y con aquel gato cerca de su cabeza dando maullido tras maullido. Entonces entendí lo que había pasado. –¿De qué hablás Fofy? –pregunté mientras un frío en la nuca, y cuya causa no era precisamente la humedad, me hizo levantar los hombros. –Hablo de la comida del gato. De eso hablo. Como nos había dicho el ‘Vozdeflauta’, el viejo se había quedado solo ya que su hija, ‘la loca’, esta noche salía con su novio el músico. Me imagino que aquello sucedió a la hora de darle de comer a su gato, entonces ¡zás! –dijo y se palmeó la rodilla– justo en ese instante, ‘La que nunca pregunta’ se lo llevó para siempre. Allí quedó el cuerpo. Pa-parecía un muñeco, la camisa fuera del pantalón y los ojos bien abiertos... Lo pri-primero que hice fue cerrarle aquella mirada de asombro. Luego terminé lo que él iba a hacer. Me sentí obligado con la bestia. Yo-yo qué sé... –terminó Fofy desacostumbrado ante tanta emoción.

-Pero Fofy... ¿qué decís?. Escuchame. ¿Lo único que hiciste fue darle de comer a ese bicho? –oímos la voz de Lula que terminó su pregunta con un gritito ahogado y sus dientes rechinaron de rabia. –¿Y esa bolsa es todo lo que nos traés? ¡Comida para gatos...! ¡Qué asco! –dijo, levantó la mano y se sentó en la oscuridad. Enseguida todos la imitamos. Esa noche pasamos en vela, sin hablarnos hasta la madrugada. Hacia el mediodía sentimos la sirena del patrullero y un alboroto de personas cerca de la casa del viejo Lucas

 

 

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